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16/01/2014 / lernolosada

Juan Gelman: “Aquí pasa, señores, que me juego la muerte”

15 enero 2014 Por Paula Arenas Martín-Abril 20minutos.esJuan-Gelman

Es la poesía de Gelman el claro ejemplo de por qué es imposible decir, así, en general aquello de “A mí no me gusta la poesía”. No hay más que sentarse un segundo y leer, leer algo como:

Si me dieran a elegir, yo elegiría

esta salud de saber que estamos muy enfermos,

esta dicha de andar tan infelices.

Si me dieran a elegir, yo elegiría

esta inocencia de no ser un inocente,

esta pureza en que ando por impuro.

Si me dieran a elegir, yo elegiría

este amor con que odio,

esta esperanza que come panes desesperados.

Aquí pasa, señores,
que me juego la muerte.

Y la muerte le vino el pasado martes 14 de enero: tenía 83 años y seguía viviendo en el exilio, en México. Salió en 1975 de su país natal, Argentina, y un año después su hijo y nuera embarazada desaparecieron para después ser asesinados. Aquel hachazo que tan bien hubiera definido Miguel Hernández, “aquel golpe homicida”, destruyó una parte del poeta.

No se cansó jamás de buscar. Era el año 2000 cuando Gelman encontraba al fin a su nieta, la hija del hijo al que mató aquella dictadura argentina contra la que siempre alzó  la voz. Este mismo agosto volvió a hacerlo en su última obra, Agosto, en la que además de poemas incluía reflexiones sobre Argentina.

Le quitaron algo que no podrían devolverle, pero la poesía sobrevivió, acaso lo salvó y de paso nos salvó en muchos momentos a muchos otros. Y no hay más que sentarse y en vez de esperar leer, leer que:

¿Quién dijo alguna vez: hasta aquí la sed,
hasta aquí el agua?

¿Quién dijo alguna vez: hasta aquí el aire,
hasta aquí el fuego?

¿Quién dijo alguna vez: hasta aquí el amor,
hasta aquí el odio?

¿Quién dijo alguna vez: hasta aquí el hombre,
hasta aquí no?

Sólo la esperanza tiene las rodillas nítidas.

Sangran.

La literatura de Gelman, cuya poesía está toda en Poesía reunida, es sangre y es herida, es dolor y amor a partes casi iguales, es un canto a un corazón duro y sensible, sentimental jamás. No le dieron el Nobel, pero tampoco le hacía falta.

Es la prueba, tal y como comencé diciendo, de que no se puede decir eso de: “A mí la poesía no me gusta”.

Padre,

desde los cielos bájate, he olvidado

las oraciones que me enseñó la abuela,

pobrecita, ella reposa ahora,

no tiene que lavar, limpiar, no tiene

que preocuparse andando el día por la ropa,

no tiene que velar la noche, pena y pena,

rezar, pedirte cosas, rezongarte dulcemente.

Desde los cielos bájate, si estás, bájate entonces,

que me muero de hambre en esta esquina,

que no sé de qué sirve haber nacido,

que me miro las manos rechazadas,

que no hay trabajo, no hay,

bájate un poco, contempla

esto que soy, este zapato roto,

esta angustia, este estómago vacío,

esta ciudad sin pan para mis dientes, la fiebre

cavándome la carne,

este dormir así,

bajo la lluvia, castigado por el frío, perseguido

te digo que no entiendo, Padre, bájate,

tócame el alma, mírame

el corazón,!

yo no robé, no asesiné, fui niño

y en cambio me golpean y golpean,

te digo que no entiendo, Padre, bájate,

si estás, que busco

resignación en mí y no tengo y voy


a agarrarme la rabia y a afilarla

para pegar y voy

a gritar a sangre en cuello

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