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01/06/2013 / lernolosada

La analfabeta que aprendió a leer el día que se jubiló

La madre de la cacereña Rufi Alegre pagó una peseta para que aprendiera a coser y nunca pisó una escuela. Ya viuda y tras toda una vida de sacrificios, cuando cumplió los 65 años se propuso estudiar aquello que le habían negado en su infancia

HENRIQUE MARIÑO Madrid 31/05/2013. publico.es

Los tres nietos de Rufi aprendieron a leer antes que ella. Rebeca, nada más levantar un palmo del suelo, dio el gran salto adelante de la A a la E y, cuando alzó la vista del pupitre, ya era toda una ingeniera. Es la cuarta generación de los Arroyo que trabaja en Metro de Madrid, una familia que ha hecho posible que la ciudad se desplace bajo tierra de una punta a otra, como por arte de magia. La gente, arremolinada en los vagones, lee un libro, ojea el periódico, hunde sus yemas en la pantalla… Cuando llegó a la capital, Rufi descendía la escaleras del suburbano y desplegaba un pedazo de papel en el que su marido había garabateado unas equis, la hoja de ruta para llegar sana y salva a su destino. La red tenía sólo tres líneas y “entonces era muy bonito vivir”, recuerda. “Con campo por todas partes”. Ella era analfabeta, esa palabra fea.

“Contaba las estaciones y así no me perdía”, aunque también es cierto 1369950799062aguafuertesdnque “no había tanto jaleo como ahora”. Por ejemplo, para llegar hasta aquí en tranvía, cuando no había bus, se iba fijando en “las casitas bajas de madera” que brotaban donde actualmente se asienta un gran centro comercial rodeado de edificios de ladrillo visto, una variedad arquitectónica que se adaptó muy bien al suelo del este obrero de Madrid. “Un 1 con un 5 son 15”: así contaba, primero en pesetas y luego en euros, para hacer la compra. Tomate se escribe en redonda y tinta roja. Pescadilla, en cursiva y azul. No hacía falta leer el rótulo del pollero si quería comprar unos muslos. Para el resto, intuición. Un analfabeto es como un astigmático: ve unas letras pero no es quién de enfocarlas. Y la nave va.

Un 30 de septiembre de hace ya tiempo, Rufi dejó de trabajar. Dos días después, agarró una carpeta, salió de su casa y fue por primera vez al cole. Tenía 65 años, dos hijas colocadas, tres nietos hermosos y el hueco que había dejado su esposo, Antonio, que había fallecido tres lustros atrás. “Estoy loca de contenta por haber venido, la gente que no quiere hacer estas cosas se lo pierde”, confiesa en la biblioteca del Colegio Nuestra Señora de la Caridad del Cobre, cuyo paisanaje muda con el fluir de la tarde. El griterío se va apagando y los niños dejan paso a las que podrían ser sus abuelas, que entran arregladas en la escuela donde el Aula de Cultura Altamira alfabetiza a los adultos del barrio.

“Mi madre pagaba una peseta para que me enseñaran costura, en vez de a leer y escribir”

Casi todas son mujeres y su perfil es similar: después de décadas de trabajo o encerradas en casa, se jubilan o enviudan y deciden aprender aquello que les fue negado en su infancia. “Empecé con el a, e, i, o, u“. Luego las tablas de sumar y restar. Con el paso de los cursos, las alumnas más avanzadas asisten a talleres de historia, literatura, inglés, manualidades, bolillos o teatro. Curioso: es como si, en vez de envejecer, creciesen.

“Si mi padre estuviera aquí y viese que he aprendido todas esas cosas, pensaría que estoy chiflada”, se imagina aquella cría que partía los hielos que bajaban de las gargantas de San Gregorio y los Guachos para lavar las tripas que vendería por las calles de Aldeanueva de la Vera. “Toda la vida ha sido trabajar”. Primero, en el pueblo cacereño donde su progenitor regentaba una carnicería en la que despachaba los cortes de las cabras que había criado. “Mi madre pagaba una peseta para que me enseñaran costura, en vez de a leer y escribir”. Cuando su esposo se la llevó a Madrid, cosió desde casa para unos grandes almacenes y, tras su muerte, la contrataron en una clínica que atendía a empleados del Metro. “En la empresa entraban las viudas de los trabajadores: las que sabían leer iban para las taquillas y las que no, a limpiar”. A ella le tocó la fregona. Feliz.

“Toda la vida ha sido trabajar. Ahora la juventud no curra ni la cuarta parte que antes”

El caso era sacar adelante a sus dos hijas, hoy inspectoras del ferrocarril metropolitano, donde su padre ejerció de mecánico, puesto al que llegaría de la mano del abuelo. Bautizado en la parroquia de Nuestra Señora de los Angeles, Antonio curraba cerca del hogar paterno, en los talleres de Cuatro Caminos. “Vivimos con mi suegra hasta que nos dieron el piso en Pueblo Nuevo”. Fue cuando se trasladó a los depósitos de Ventas, que le pillaban a mano y donde estaba por las mañanas, porque las tardes eran para el taxi. “Ahora la juventud no trabaja ni la cuarta parte que antes”, se lamenta, consciente de que algunos, aunque quisiesen, apenas tienen oportunidades. “La crisis me da mucha pena porque estoy viendo cosas que recuerdo de la posguerra”, añade mientras se ajusta las gafas, como si accionase un botón que la lleva atrás en el tiempo.

Los apellidos bocetan el estado de ánimo de su existencia: Rufi Alegre Paz, la hija del Tío Chiquete, el carnicero. “Mis hermanos guardan las cabras y yo vendo leche recién ordeñada por las puertas. En las fincas plantamos pimentón y tabaco, porque aquí hay mucho de eso y también higos y cerezas. El pueblo es muy bonito, las gargantas bajan preciosas y los chicos nos columpiamos en el ataúd de Carlos V: cuando los guardeses van por un lado, nosotros vamos por otro”. Entonces llegó la noticia de Tetuán: “Han matado al hijo del Tío Chiquete“, resonó en las calles de la villa. Uno de sus diez  hermanos había muerto accidentalmente en la mili y un recluta tuvo a bien “pedir las señas” de Rufi, quien comenzó a recibir cartas de aquel chico. No tardó en buscar a alguien para que, a su dictado, le respondiese.

“La crisis me da mucha pena porque estoy viendo cosas que recuerdo de la posguerra”

“Estuvimos dos años escribiéndonos. Cuando regresó a Madrid, se vino al pueblo a dar las gracias, nos hicimos novios y nos casamos”. Así se enamoró la cacereña: de unas letras que no sabía leer. “Y eso que yo casi tenía un poquino de apaño”, matiza con un elegante circunloquio que viene a decir que algún pretendiente ya la rondaba. “¿Te ha gustado mi vida?”, pregunta Rufi como quien chasquea los dedos para devolvernos al presente, cuyo escenario es una biblioteca con libros infantiles donde se sienta una niña que ya tiene una bisnieta de tres años y otro Arroyo en camino, quién sabe si futuro empleado de Metro.

Durante las tardes de invierno, a eso de las seis, Rufi sale de su casa y camina hasta la calle García Noblejas, esquina con Alcalá, para ponerle nombre a las cosas. La primavera se le ha echado encima y hoy es el último día del curso. “Las profesoras son un cielo”, reflexiona. “En la vida hay personas malas, pero también muchas buenas”. Aprovechará para despedirse de ellas hasta octubre y, de paso, para que Pedro Moya, secretario del Aula Altamira, le entregue este texto impreso. No le hará falta pedirle a nadie que convierta las palabras en sonidos. “Leer y escribir es lo más bonito que he podido hacer”.

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